SIMPLEMENTE RUGBY

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Hay gente a la que le gusta observar cómo pasa la vida y pisar de puntillas sin hacer ruido. A mi no. A mi me gusta ser protagonista de mi propia existencia, arremangarme e implicarme, si veo el charco, chapotear en él para que salten las ranas y si puedo resolver entuertos como un pequeño Quijote, me aplico en ello. Cuando hace cuarenta años pase del atletismo al Rugby, sentí que pasaba de ser un espectador de la vida a vivirla en primera persona.

Más allá de los manoseados y banales aforismos comparativos con otros deportes, el Rugby permite ser como a uno le gusta ser; te permite ser plenamente uno mismo. Y permite múltiples caracteres y sensibilidades diferentes.

Vivir el Rugby es como una singladura en un barco velero navegando en un mar de entrega, generosidad, espíritu de equipo, sacrificio, y todo ello revestido en forma de juego. Como si estuvieras practicando la vida que te gustaria vivir en un Matrix de partidos tensos, en los que los silencios de los preparativos confirman el compromiso del equipo contigo y tuyo con el equipo, repletos de fines de semana ocupados en viajes, festejos de terceros tiempos, duros entrenamientos con jóvenes más fuertes que tú, sentimientos de emoción de una victoria que parecía imposible ya que el adversario era más numeroso y más rápido, o un simple recuerdo de un gesto técnico que dejó sentado a un rival mientras tú corrías desbocado hacia la insensatez de poner una pelota en una zona de césped.

Hoy miro con añoranza, los partidos en los que el barro lo inundaba todo, el balón era un pescado con aceite imposible de atrapar y el Reflex un agua milagrosa que te hacía revivir después de un desafortunado encuentro con la rodilla de tu compañero. Hoy el Rugby ha evolucionado. El secreto de nuestra existencia como caballeros de los fines inútiles e imposibles se ha desbocado y han surgido una serie de evoluciones naturales que lo hacen hoy apto para todos los públicos y eminentemente familiar; los campos son de césped artificial, que son más económicos y ecológicos, las duchas tienen agua caliente, los entrenamientos están preparados técnicamente según nivel y exigencia, existe un material de trabajo multicolor complementario para facilitar la comprensión de las distintas jugadas, hay entrenadores generosos y entregados en revelar el secreto de nuestra existencia a chiquillos desde los cuatro años y en los últimos años, como no podía ser de otra manera, ruge una marea de chicas que han dejado atrás las muñecas y han descubierto cómo disfrutar el deporte en primera persona a través del Rugby.  

Me decía un compañero hace poco, que con la edad presentamos un declive inexorable en nuestras prestaciones físicas del que estamos legitimados para mofarnos después de nuestra larga vida de rugbiers. Yo pienso que el Rugby va un poco más allá. El declive físico que se presenta con la edad hace que amplíes tu mirada y eches un vistazo a tu lado, que veas quien te sigue en tu escapada y es capaz de recibir el oval de tus manos; ya sea el último chaval incorporado al equipo, que corre que se las pela, tu hija recién incorporada al mundo del Rugby, tus compañeros que han montado un bar de despropósitos o tu club que te pide una última tarea organizativa. Solo hay que seleccionar el objetivo, dar ese pase con la precisión necesaria y admirar la estela que deja quien te ha dejado atrás en su carrera.

Esa estela es también obra tuya y disfrutarás de ver que se transforma en el último pase, y ahora sí, ya, de una forma más contemplativa. Y si ese pase te sabe a poco, nadie te  habrá engañado, porque habiéndote hecho sabio en la singladura, ya sabrás lo que es el Rugby.


El Ciclón del Hortal.